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Apuntes sobre la historia del departamento del Quindío


En el Volumen 7 de Ensayos de Historia Quindiana (2022), aporte de la Academia de Historia del Quindío a la Biblioteca de Autores Quindianos promovida por la Gobernación y la Universidad del Quindío, escribí el ensayo Las décadas grises del Quindío proponiendo una nueva mirada a la historia del departamento. Con respecto a esto, comparto las conclusiones del ensayo bajo el siguiente título.

 

Apuntes para la historia del departamento del Quindío.


«El problema no radica en no hacer cosas nuevas, sino en continuar haciendo las que sabemos que no funcionan.»

 

Estamos ante la necesidad de preguntarnos qué pasa y ante al reto de actuar. Al recordar lo que fuimos en un pasado no lejano y teniendo en cuenta el potencial del departamento, no es fácil aceptar este deterioro socioeconómico. Entonces: ¿Qué pasó con ése Quindío, que por sus condiciones de vida sirvió como referente cuando se discutió la inclusión del mandato de las transferencias en la Constituyente de 1991? ¿Dónde quedó ése Quindío que el país reconocía como un modelo de bienestar y que se enorgullecía de ser café y nada más?

El Índice Regional de Desarrollo Humano publicado para el Eje Cafetero por el Programa de Naciones Unidad para el Desarrollo (PNUD) en 2004 nos puso frente a lo que sucedía al final del siglo XX luego de la ruptura del Pacto Internacional del Café. Nos dijo que el bienestar iba en descenso y que las buenas condiciones de vida logradas a consecuencia del progreso y el crecimiento pasado eran insostenibles mientras muchos padecieran desempleo y hambre. El propósito del PNUD no solo era decir que estábamos estancados o retrocediendo, la intención era proponer un Pacto Regional. Pero lo penoso no fue saber que estábamos en regresión, lo lamentable fue no haber hecho nada para remediarlo, lo deplorable fue no adoptar recomendaciones como las del Pacto Regional, lo inadmisible fue no haber actuado cuando la información disponible nos decía que las condiciones socioeconómicas se deterioraban de forma paulatina.

De igual forma, las recientes estadísticas sobre PIB per cápita, desempleo, incidencia de pobreza y coeficiente de Gini, evidenciaron que el deterioro que se inició en 1989 con la crisis estructural del café siguió su curso y se profundizó con la pandemia, acumulando de esta forma tres décadas en las que el departamento no tuvo la capacidad para sostener la dinámica y la prosperidad socioeconómica que mostró hasta los años ochenta.

Por ser la ruptura del Pacto Cafetero (1989), el terremoto de 1999 y la pandemia (2020) hechos de carácter exógenos, algunos podrían pensar que estas fueron cosas del destino; pero asumirlo así sería cómodo y equivocado. Sin embargo, estos hechos coincidieron con otro de carácter endógeno que fue el deterioro de la política (la política desteñida), el cual incidió en la limitada capacidad de respuesta que se tuvo ante las crisis mencionadas. Empero, debemos tener presente que los sucesos no se pueden considerar de forma independiente porque la realidad como siempre, es más compleja y multicausal.

Así que lo que empezó como crisis aisladas y diferentes, originadas por causas externas y con fechas de inicio precisas, suscitaron con el tiempo normalidades impensadas a las que la sociedad y las instituciones se acostumbraron, tal vez con la esperanza de que, si las crisis llegaron de afuera, las soluciones también vendrían por esta vía. De tal forma que es posible que la ralentización de la economía y el descenso en calidad de vida no hayan sido percibidas de forma inmediata, esto ayudaría a entender la razón por la cual la dirigencia pública y privada de un departamento acostumbrado a una economía cafetera boyante no actuó, ya que posiblemente creyó que se trataba de algo pasajero que se resolvería por sí mismo. Por tanto, en medio de liderazgos precarios y en ausencia de una agenda de departamento, se fueron acumulando situaciones que bien pudieron ser neutralizadas o desactivadas a tiempo.

 

«En medio de liderazgos precarios y en ausencia de una agenda de departamento, se fueron acumulando situaciones que bien pudieron ser neutralizadas o desactivadas a tiempo».


Dos elementos adicionales podrían ayudar a entender las limitadas reacciones ante las crisis. El primero tiene que ver con que la economía del café y su organización gremial por siempre se ocuparon del desarrollo de las zonas cafeteras con decisiones que muchas veces vinieron de afuera, como de afuera llegaron las bonanzas y los buenos precios (con frecuencia originados en heladas en Brasil). El segundo fue que una vez la caficultura dejó de ser el eje de la economía, los políticos y dirigentes locales se concentraron en pedir al gobierno nacional soluciones a los problemas del departamento. Como en ambos casos los remedios llegaban allende las fronteras, se desestimó la formulación de una agenda de desarrollo y la generación de capacidades propias para lograrlo.

De ahí que es posible pensar en separar la historia del departamento en dos periodos de tres décadas cada uno. El primero corresponde a los años de su creación y consolidación administrativa (1966 – 1990) determinada por la dinámica de la caficultura y una dirigencia pública y privada perteneciente a la generación que lideró la separación del Quindío de Caldas. El segundo periodo se refiere a las décadas del presente ensayo (1990 – 2020) en las que se dieron la crisis cafetera, el terremoto, la pandemia y la política desteñida.

Resumiendo, durante las décadas grises del Quindío (1990 – 2020) hay suficientes señales para afirmar que nos equivocamos en la forma de pensar el territorio y que no tuvimos las respuestas necesarias y oportunas a las demandas socioeconómicas de la población. Es evidente que algo no funcionó, que los obstáculos que limitan el progreso, lejos de ser coyunturales, cada vez son más estructurales mientras que las brechas del desarrollo con otras regiones aumentan. El problema no radica en no hacer cosas nuevas, sino en continuar haciendo las que sabemos que no funcionan. Entonces el desafío está en qué hacer para dejar las décadas grises atrás y empezar a trazar una agenda de progreso y bienestar para los siguientes años.

Opinar en retrospectiva es más sencillo que construir futuro, pues lo primero se basa en la interpretación de sucesos inmodificables y en especulaciones de lo que pudo haber sido y no fue; pero lo segundo requiere de visión, de gran esfuerzo colectivo, de mucha disciplina, de no poca perseverancia y de diálogos y generación de confianza, así como de acuerdos sociales y políticos sobre lo que se quiere como futuro. Sin embargo, mirar el pasado es la oportunidad para reconocer los errores y valorar las oportunidades perdidas, es aprender lecciones, comprender el presente y madurar como sociedad.

 

Armando Rodríguez Jaramillo

arjquindio@gmail.com   /   @ArmandoQuindío

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2 Comentarios

  1. Con toda razón se hace necesario actuar en concordancia con los cambios que se van presentando y los que se avisoran, el detalle radica en anticiparse al futuro sin ser vidente, solo siguiendo la guía de estudios y análisis fundamentados por quienes se dedican al estudio de las situaciones económicas territoriales, gracias Doctor Armando por sembrar estas inquietudes en los Quindianos, nunca es tarde para mejorar en nuestras actitudes y la dirigencia Quindiana tiene aquí gran responsabilidad...

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