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Quindianidad se escribe con Q.

La quindianidad es un concepto en construcción y el Quindío un territorio que está sin hacer.

Muchos son los pueblos que portan relatos sobre su razón de ser y existir, ficciones caracterizadas por pasados comunes, presentes con elementos concurrentes y futuros con visiones compartidas. Son metáforas que describen gestas, magnifican hechos, crean paradigmas, determinan comportamientos, destacan legados, fundan mitos y ensalzan personajes con el fin de crear orgullo y sentido de pertenencia. Por tanto, deberíamos preguntarnos si detrás de la palabra quindianidad hay alguna narración que nos describa como un grupo humano con identidad singular y convergencia de pensamiento.

 

Los dos relatos.

Teniendo en consideración algunos elementos de nuestra historia, reconozco dos relatos que a mi parecer nos han identificado. El primero se enmarca en la colonización antioqueña, diáspora sucedida durante la segunda mitad del siglo XIX impulsada por la ilusión de una tierra de promisión dónde mejorar las condiciones sociales y económicas de sus lugares de origen, éxodo que motivó la exploración y apropiación de territorios no siempre baldíos y perfiló una epopeya fundacional con múltiples y complejas facetas: la tala de bosques como sinónimo de progreso para hacer mejoras y radicar la familia, la lucha por la tierra entre colonos y latifundistas, la apertura de caminos de herradura, la difusión de la religión católica y la elevación de capillas, la fundación de pueblos para tener centros de abastecimiento y de prestación de servicios, la modelación de un sincretismo cultural con predominancia antioqueña, el inicio de la guaquería y la utopía de los tesoros ocultos, las posadas y fondas camineras como sitios de encuentro y de comercio, la arriería como medio de transporte de personas y mercancías. En fin, entre los paradigmas de la fe cristiana, los conflictos por la tierra y el deseo de abrir fronteras para echar raíces y prosperar se definió el tránsito, no siempre bien entendido, entre colonización y poblamiento del territorio. 

Luego, sobre el relato de la colonización y las expectativas de los primeros pobladores, se creó una nueva narración alrededor del café que nos acompañó a lo largo del siglo XX. Poco a poco, y sin pensarlo, se sembraron arábigos y borbones asociados con otros cultivos para producir un grano aquilatado y apetecido en los mercados internacionales, escenario alrededor del cual escribimos una nueva historia que refinó nuestra cultura y nos puso a mirar al mundo desde la hoya del Quindío sin siquiera comprender la llamada globalidad.

Entonces se dieron expresiones musicales de bambucos y pasillos que le cantaban al cafetal, a la tierra y al amor, el ferrocarril nos conectó con el comercio mundial del café antes que con las principales ciudades del país, en el crisol de la culinaria se fusionaron los sabores de cocinas allende las fronteras, la guadua y la arquitectura del bahareque dejaron su impronta en casas campesinas y poblados, la imaginación popular construyó mitos y leyendas con espantos y personajes pintorescos, los ritos católicos enmarcaron el comportamiento social, el civismo fue adalid de las mejores causas, las pasiones políticas y la violencia partidista dejó cicatrices en dos generaciones, el negocio del café permitió la acumulación de capitales y se crearon élites sociales, empresariales y políticas, en poco tiempo pasamos de montañeros a citadinos y la palabra Quindío revalidó nuestra identidad con la creación del departamento en 1966. En fin, fueron muchos los determinantes que fundieron, sin proponérnoslo, una idiosincrasia dotada de su propia cosmovisión, esa que fue reconocida en 2011 por la Unesco al declarar el Paisaje Cultural Cafetero como Patrimonio de Humanidad.

 

La cultura del café se debilita.

Sin embargo, la ruptura del pacto internacional del café (1989) y la consecuente crisis de su modelo económico desestabilizó la zona de confort a la que por décadas nos habíamos acostumbrado, y de pronto nos dimos cuenta de que el norte que señalaba la narrativa del café no coincidía con el nuevo orden económico, político y social.

Situaciones como la del terremoto de 1999 y su proceso de reconstrucción, los antivalores del narcotráfico, la descomposición de la política con su estela de clientelismo y corrupción, las emigración de quindianos en busca de nuevos horizontes a otras ciudades y países como los Estados Unidos y España, las inmigraciones procedentes de los grandes centros urbanos, las crisis económicas recurrentes, el menoscabo del civismo y de la organización social, el decaimiento de los liderazgos cívicos y corporativos, la deslegitimación de la política y de los políticos, la pérdida de confianza en la administración pública, el bajo perfil de la iglesia católica y la eclosión de cultos, la desvalorización de la familia, la disminución del cultivo del café y su menguante economía, la presencia de negocios y sectores productivos emergentes, las innovaciones y los cambios tecnológicos, la inversión de la pirámide poblacional  y la aparición de nuevas generaciones con valores y formas de pensar diferentes, debilitaron, sin proponérselo, la narrativa alrededor de la cultura del café al punto que perdió fuerza como activo para cohesionar la sociedad y proyectar su futuro.

Es consecuencia, nos hallamos ante el enorme desafío de dotar de un nuevo significado a la quindianidad. De ahí que debemos esforzarnos por construir identidad a través del diálogo y la reflexión, de nuevos conocimientos y aperturas mentales, de aceptaciones y reafirmaciones, de visiones compartidas de futuro y acuerdos para hacerlas realidad, de fortalecer nuestros valores y el civismo, pero, ante todo, de tener una política al servicio de propósitos superiores para que no se siga practicando como un juego de apuestas calculadas por grupos de poder públicos y privados. Su ejercicio aportaría mucho si se orienta a la construcción de relatos de progreso de alta rentabilidad social adoptando decisiones que tengan sentido en el tiempo.

Por consiguiente, precisamos de líderes que sean capaces de entender e impulsar lo que el colectivo percibe y aspira, sus propósitos y anhelos. Líderes que estimulen la unión de voluntades para lograr progreso y desarrollo, que promuevan este sentido de identidad compartida.

Pero si en gracia de discusión aceptáramos estos argumentos, si asumiéramos que el mito de la colonización es historia y que el de la cultura del café acusa fatiga, entonces cabría preguntarnos: ¿Cuál será el relato que nos acompañará como sociedad en este siglo? La respuesta no es fácil, y menos lo será si se considera que vivimos en una época de grandes transformaciones tecnológicas, sociales, económicas y políticas de las que no podemos abstraernos, y más aún, si se contempla que los años florecientes del café terminaron por anestesiar nuestra capacidad de pensar el futuro. En todo caso, trasegamos por un período lleno de egoísmos e incertidumbres, situación agravada por el impacto que en la salud y la economía nos ha causado la pandemia del coronavirus, la cual sin duda alguna representará un punto de inflexión en la historia de la humanidad.

 

Hacia un nuevo relato de la quindianidad.

Por consiguiente, es indudable que en tiempos de la cuarta revolución industrial la cultura del café sufrirá conversiones que ayudarán a afirmar una nueva quindianidad. Y aunque ignoro cómo será esta metamorfosis, me atrevo a decir que el relato en incubación se nutrirá de ingredientes como: la adopción de miradas más globales, la apropiación de modernas tecnologías que cambiaran empresas y empleos, una sociedad que se refresca con la llegada de personas de otras fronteras a vivir entre nosotros, una nueva ruralidad que demanda equilibrios entre los negocios agropecuarios, el turismo, los intereses inmobiliarios y la preservación de los suelos, la disminución preocupante de la población campesina, la comprensión de los negocios del café más allá de su cultivo, procesos de conurbación que cambiarán las relaciones entre ciudades y sectores rurales, flujos crecientes de personas y culturas impulsados por el turismo y las oportunidades, una preocupante transculturización, una  gentrificación en aumento que pondrá en riesgo nuestras formas de vida urbanas y rurales, una renovada escala de valores que aquilata la conservación ambiental, el derecho a la vida y la equidad, una sociedad que adopta lo digital como forma de vida, una comunidad más longeva con una estructura etaria menos piramidal, liderazgos cívicos y corporativos más integrales y la adopción de una anhelada política conectada con el interés público.

Desde luego que son solo especulaciones, deshilvanadas por demás, que esbozo desde mi limitada visión de futuro, pero que sin duda contribuirán a moldear una sociedad que conservará parte de su cultura actual pero que adoptará otros paradigmas identitarios producto de su devenir y su necesaria evolución. Sin embargo, ante los retos que enfrentamos, quiero señalar que el futuro del Quindío es tan promisorio que se hará con quindianos o sin quindianos, donde los unos y los otros pondrán su impronta en la construcción de la sociedad del siglo XXI.

Tengamos presente que departamento y municipios no existirían de no haber relatos, ni historias, ni anhelos, ni aspiraciones de sus pobladores; tan solo serían lugares ausentes de sentido, sin pasado, sin identidad, sin pertenencia, sin nada que contar. Cada pueblo precisa de un cuento que lo represente a sí mismo y lo muestre ante los demás. Así es como se cohesionan las religiones y las sociedades. Finalmente, tengamos en cuenta que la quindianidad es un concepto en construcción y el Quindío un territorio que está sin hacer.

Armenia, 7 de febrero de 2021

 

Armando Rodríguez Jaramillo

@arj_opina

@quindiopolis

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