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El poder de la ética pública

Armando Rodríguez Jaramillo.
La sinergia de fuerzas de una sociedad
unida es inconmensurable.
Armenia (Quindío - Colombia),11 de febrero de 2014

La Real Academia de la Lengua Española dice que ética es el “conjunto de norma morales que rigen la conducta humana”, acepción que indica que una sentencia ética es una afirmación que incluye términos tales como "bueno", "malo", "correcto", "incorrecto", "obligatorio" y "permitido", términos que normalmente se refieren a acciones, decisiones o incluso intenciones de quien actúa o decide algo. En consecuencia, se sobreentiende que quién actúa con criterio ético es porque que tiene el propósito de obrar bien, por lo que hablar de la ética de los perversos y delincuentes no se podría por pura sustracción de materia.

De aquí que fomentar una cultura de la ética pública nos ayudaría sin duda a ser mejores personas y a tener un renovado país, lo que se convertiría en un verdadero acicate para que reflexionemos sobre la forma en la que nos relacionamos, el carácter con el que hacemos negocios, la actitud con la que administramos el interés público, la cualidad con la que gobernamos nuestra región.


Estoy convencido que si la cultura de la ética estuviera presente en nuestros actos cotidianos tendríamos un modo diferente de relacionarnos, otra sociedad existiría, una muy distinta sería nuestra ciudad. No me cabe la menor duda que si cultiváramos y practicáramos los principios éticos muchas cosas mejorarían en nuestras vidas:

  • Cambiaríamos radicalmente nuestra forma de interactuar con el medio ambiente evitando su deterioro y destrucción.
  • Respetaríamos las formas de vida (fauna y flora) con las que compartimos este planeta.
  • Toleraríamos, sin agredirnos, a las personas que piensan diferente.
  • Disfrutaríamos del espacio público sin que nadie se atreviera a invadirlo y dominarlo.
  • Esperaríamos en orden el turno para entrar a un espectáculo público o para ser atendidos sin colarnos.
  • Como conductores nos detendríamos ante una luz roja, haríamos el pare en las esquinas y daríamos prelación al peatón en la cebra. Así como tampoco adelantaríamos en curva ni sobre la raya amarilla, y no sobrepasaríamos el límite de velocidad permitido.
  • Respetaríamos como sagrados los dineros públicos y preservaríamos los bienes de interés colectivos a cargo del Estado.
  • Pagaríamos los tributos que nos corresponde sin hacer triquiñuelas contables para evadirlos.
  • No conduciríamos vehículos en estado de embriaguez.
  • Dejaríamos de comprar productos piratas o de contrabando.
  • Formalizaríamos nuestras empresas para generar empleo y pagar los impuestos que nos corresponde.
  • No ensuciaríamos nuestra ciudad sacando la basura a deshoras o botando desechos en las calles.
  • Trataríamos de forma cortés a los amigos y conciudadanos.
  • Asistiríamos al que está en peligro, así no lo conozcamos.
En fin, muchos podrían ser los ejemplos de actitudes diarias que con un poco de esfuerzo y responsabilidad ética podríamos adoptar. Es por esta razón que afirmo que bien vale la pena que asumamos la ética pública como una forma de vida pues tiene el poder de ayudarnos a ser mejores personas y a tener un renovado país.

Si nuestra sociedad estuviera integrada, en su mayoría, por ciudadanos practicantes de la ética pública, estaríamos ante un colectivo con capacidad de rechazar y sancionar socialmente a los malos gobiernos, a los corruptos, a los politicastros y a los que se apropian de los bienes públicos.