Por: Armando Rodríguez Jaramillo.
Ante el grado
de dificultad que tenemos para dialogar y escuchar los argumentos del otro y el
deseo generalizado de querer imponer puntos de vista sin considerar otras
perspectivas, recordé la Parábola de los ciegos y el elefante que tienen
que ver con la verdad, la objetividad y las múltiples representaciones de la
realidad.
Entre sus
muchas versiones, esta que transcribo[1], deja ver su enorme
contenido:
Érase
una vez seis hombres sabios que vivían en una pequeña aldea.
Los
seis sabios eran ciegos. Un día alguien llevó un elefante a la aldea. Los seis
sabios buscaban la manera de saber cómo era un elefante, ya que no lo podían
ver.
«Ya
lo sé», dijo uno de ellos. «¡Palpémoslo!». «Buena idea», dijeron los demás.
«Ahora sabremos como es un elefante». Así, los seis sabios fueron a
"ver" al elefante. El primero palpó una de las grandes orejas del
elefante. La tocaba lentamente hacia adelante y hacia atrás. «El elefante es
como un gran abanico», gritó el primer hombre. El segundo tanteó las patas del
elefante. «Es como un árbol», exclamó. «Ambos estáis equivocados», dijo el
tercer hombre. «El elefante es como una soga». Éste le había examinado la cola.
Justamente
entonces el cuarto hombre que examinaba los finos colmillos, habló: «El
elefante es como una lanza».
«No, no», gritó el quinto hombre. «Él es como
un alto muro», había estado palpando el costado del elefante. El sexto hombre
tenía cogida la trompa del elefante. «Estáis todos equivocados», dijo. «El
elefante es como una serpiente».
«No,
no, como una soga».
«Serpiente».
«Un
muro».
«Estáis
equivocados».
«Estoy
en lo cierto».
Los
seis hombres se enzarzaron en una interminable discusión durante horas sin
ponerse de acuerdo sobre cómo era el elefante.
La parábola muestra
cómo cada ciego tiene una perspectiva limitada, parcial e incompleta de una amplia
y singular realidad. Así como los protagonistas de la alegoría creen que su
percepción es objetiva y única, tampoco nos es fácil reconocer que nuestra
perspectiva es solo una de muchas que puede contribuir a una mayor apertura
y comprensión de las visiones de los demás, lo que nos conecta con el
relativismo y la tolerancia. Esto se relaciona con que la verdad no es exclusiva
ni inequívoca, es multifacética y compleja, y que para aproximarnos a una más
completa comprensión es necesario integrar múltiples perspectivas.
Al aplicar este
concepto al ámbito social y político la parábola señala lo valioso que es el estar
dispuestos a escuchar y considerar diversas voces, experiencias y pensamientos.
El mundo de la política, más que bipolar como muchos pretenden verlo, es
polifacético, diverso y heterogéneo, y aquel que piensa distinto lo hace
porque tiene su propia percepción de la realidad y, por ende, posee parte de la
verdad. Por esto es inapropiado etiquetar con adjetivos calificativos a los
que están en otra orilla pretendiendo arrinconarlos y aniquilarlos como si
fueran enemigos. Una sociedad plural que tolere múltiples puntos de vista conduce
a un ejercicio político más inclusivo y respetuoso, donde el propósito superior
sea el bienestar y el interés público.
Ligado a esto,
pero sacándolo de la política para situarlo en un espectro más amplio, la
parábola también se aplica a la resolución de conflictos y la comunicación
efectiva. Tengamos en cuenta que con frecuencia los desacuerdos y
enfrentamientos surgen porque las partes involucradas están aferradas y atrincheradas
en su percepción limitada de la realidad lo que les impide ver apreciaciones
ajenas. Esto nos ha llevado a querer resolver conflictos imponiendo nuestros puntos
de vista a como dé lugar sin darnos cuenta de que en este juego de ganadores y
vencidos todos al final perdemos.
De ahí que
estemos expuestos a sesgos cognitivos que atrapan nuestras apreciaciones,
juicios y comportamientos, inclinándonos a menudo a sesgos de confirmación
que nos llevan a buscar y valorar solo la información que corrobora y valida
nuestras creencias para aferrarnos a ellas procediendo a rechazar la
información que reafirma las creencias de los demás. Esto confronta la
naturaleza de la realidad percibida por nuestros sentidos y aceptada por
nuestras creencias con la realidad objetiva, esa que es independiente de
nuestra percepción individual o interpretación subjetiva ajena a prejuicios y
estereotipos que conducen a la discriminación y la intolerancia.
Finalmente, puede decirse que el lenguaje alegórico y simbólico de esta parábola, metáfora de la comunicación y el diálogo, se puede interpretar como una advertencia contra el dogmatismo y como lección de humildad intelectual y respeto por las perspectivas y pensamientos de los demás, pues ninguna disciplina ni grupo social ni político puede reclamar el acceso exclusivo a la verdad. El sentido figurado del texto permite preguntar si para los ciegos existe un elefante ahí afuera ya que cada uno tan solo percibe con su tacto una fracción de un objeto indefinido en su conjunto. De ahí que el elefante no existe para cada ciego en particular, pero puede emerger en función del diálogo entre ellos. Dicho de otra forma, mientras que el elefante puede verlos a todos a su alrededor, para los seis hombres invidentes la única forma de demostrar que el elefante existe es a través de la comunicación y el diálogo.
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