«La posverdad y las noticias falsas nos
han sumergido en una confusión colectiva que socava el pensamiento
crítico y la capacidad de discernir».
Por Armando Rodríguez Jaramillo.
En un ambiente
enrarecido por una polarización política dotada de pocos argumentos y abundantes
estrategias para tergiversar la verdad y aniquilar al contradictor, bien
valdría la pena dejar a un lado las emociones e intentar una sincera reflexión al
interior de nuestras familias y grupos de amigos y compañeros de trabajo, y
también con nosotros mismos a manera de soliloquio.
Y es que esta
errónea concepción de la política potenció la posverdad y las noticias falsas [fake
new] a niveles jamás
imaginados con el propósito de
presentar de forma deliberada la mentira con apariencia de verdad para
confundir a las personas e influir en sus actitudes y comportamientos sociales.
Efectos estos, al ser acrecentados por la internet, los algoritmos y la
inteligencia artificial, nos han ido sumergiendo en una confusión colectiva
que socava el pensamiento crítico y la capacidad de discernir.
Este caos
organizado pretende reducir la política a simples etiquetas de derecha e
izquierda [sin dejar posibilidad de otras opciones], donde el que no milita en
uno de estos dos bandos no existe y aquel que milita en uno de ellos debe ser
aniquilado por el otro ante la imposibilidad de coexistir. En consecuencia, es
necesario apelar a la capacidad del entendimiento humano para comprender la
dimensión moral de lo que está pasando, pues no podemos seguir este juego
en el que la verdad es manipulada por aquellos que niegan la existencia de
mentiras impuestas a través de relatos y la eficacia del discurso, realidades
que erosionan la calidad poliédrica de la verdad para reducirla a una sola
perspectiva: izquierda o derecha.
Ante esta realidad
que nos interpela como ciudadanos es necesario recurrir a lo mejor que la
sociedad puede tener: la honestidad de pensamiento, esa a la que Luis
Suárez Merino llama honestidad intelectual en su artículo Sobre la verdad
[Revista Ethic. 05-02-2026]: «Ser honesto intelectualmente implica reconocer
los propios límites, cuestionar las fuentes de información, aceptar los hechos
incómodos y estar dispuesto a revisar las propias convicciones […]. La verdad
existe, pero no se posee de forma plena ni definitiva. Exige esfuerzo,
contraste de perspectivas. En tiempos de la creación de relatos como verdad y
de certezas prefabricadas, la defensa de la verdad pasa más por buscarla con
humildad siendo conscientes de que solo quien acepta la complejidad del mundo
puede aspirar a comprenderlo».
De ahí que la
honestidad de pensamiento nos debe llevar a la constante búsqueda de la verdad
para evitar la adhesión al relato simplista y maniqueo. La honestidad de
pensamiento exige valentía y arrojo para no caer en la tentación de convertir
nuestras opiniones en dogmas y nuestros intereses en realidad colectiva. La
honestidad de pensamiento nos da elementos para ser coherentes entre lo que se
piensa, lo que se dice y lo que se considera real y verídico. La honestidad de
pensamiento nos lleva a comprender que nuestra visión del mundo es siempre
subjetiva, incompleta y sesgada por nuestras emociones, afectos e intereses. La
honestidad de pensamiento reclama sinceridad y humildad para reconocer nuestros
errores y para tener el valor y el coraje para corregirlos. La honestidad de
pensamiento es una posición ética que nos conduce a buscar la verdad sin temor
a encontrarla, aun cuando esta sea incómoda o amenace nuestras certezas
constituyendo un acto de libertad frente a los relatos impuestos.
Siempre hay
que ir en busca de la verdad y permanecer fiel ella, actitud que tiene un
costo personal y social que muchos no están dispuestos a asumir porque a veces
es más fácil mantenerse en esa cómoda posición de la mentira con múltiples
recodos donde ocultarnos, que asumir la defensa de la verdad que solo tiene una
cara.
Cuando
reflexiono sobre esto me acuerdo de la siguiente fábula que describe un pasaje
en el que la mentira seduce con artimañas a la verdad para vestir sus ropajes:
Cuenta
la leyenda, que un día la verdad y la mentira se cruzaron.
—Buenos
días —dijo la mentira.
—Buenos
días —contestó la verdad.
—Hermoso
día —dijo la mentira. Entonces la verdad se asomó para ver si era cierto y lo
era.
—Hermoso
día —dijo entonces la verdad.
—Aún
más hermoso está el lago —dijo la mentira. Entonces la verdad miró hacia el
lago y vio que la mentira decía la verdad y asintió. Corrió la mentira hacia el
agua y dijo:
—El agua está aún más hermosa. Nademos. La verdad tocó el agua con sus dedos y realmente estaba hermosa y confió en la mentira. Ambas se quitaron la ropa y nadaron tranquilas. Un rato después salió la mentira, se vistió con las ropas de la verdad y se fue. La verdad, incapaz de vestirse con las ropas de la mentira comenzó a caminar sin ropas y todos se horrorizaban al verla. Es así como aún hoy en día la gente prefiere aceptar la mentira disfrazada de verdad y no la verdad al desnudo.
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