El Quindío y los obstáculos del desarrollo

Por: Armando Rodríguez Jaramillo

Ahora que hablamos de un estudio de futuro que nos permita pensar más allá de los tradicionales planes de desarrollo, valdría la pena reflexionar sobre cómo hemos administrado el territorio, cuál es nuestro modelo de crecimiento, si es que existe, y cómo entendemos y practicamos la política. Este ejercicio que apenas inicia bajo el nombre de Horizonte Quindío. Prospectiva 2050, que ha convocado a once entidades públicas, privadas y académicas y que cuenta con la cooperación de la CEPAL e ILPES, organismos de las Naciones Unidas para Latinoamérica y el Caribe, es una enorme oportunidad para identificar futuros deseados y probables de alcanzar a través de una estrategia consensuada que sea ejecutada por los próximos gobiernos.

Pero esto tan sencillo de decir, no es fácil de llevar a la práctica. Y para lograrlo, convendría no repetir los errores cometidos con ejercicios de planificación como el Plan de Desarrollo Agrícola Integrado de la Cuenca del Quindío realizado entre la CRQ y la JICA del Japón (1987) y Quindío 2020 (2000). Así mismo, es necesario aceptar que el progreso del departamento no se logrará a punta de planes de desarrollo de escasa continuidad.

Esto debería llevarnos a pensar, si es que queremos avanzar hacia nuevos patrones de progreso, sobre las transformaciones indispensables para superar los obstáculos que tenemos y construir un futuro más productivo, inclusivo y sostenible. En consecuencia, quiero plantear cinco obstáculos que a mi juicio se comportan como trampas del desarrollo regional.

El primero es el cortoplacismo. Es evidente que el progreso no viene empaquetado en planes de cuatro años, sino en periodos de tiempo más amplios que incluyan al menos una generación, lo que obliga a mirar al futuro con lentes gran angulares dotados de profundidad de campo, con capacidad de hacer zum en los detalles más atractivos. Es pasar de la miopía tradicional que nos atrapa para observar con creatividad e ingenio lo qué queremos y podemos hacer.

El segundo obstáculo es la reactividad. Como nuestra visión del desarrollo es de corto plazo, carecemos de capacidad de anticipación, razón por la cual los gobiernos se concentran en acciones reactivas y de resiliencia, es decir, responde ante los problemas que se les presentan con soluciones enfocadas en los síntomas y no en las causas y, en el mejor de los casos, privilegian procesos de adaptación. De ahí que, en ausencia de visiones de largo plazo, carecemos de una cultura preactiva y proactiva que nos lleve a anticipar riesgos y oportunidades, y a imaginar qué queremos y cómo lograrlo.

El tercero es la debilidad institucional que se evidencia en aspectos como: fragilidad para tomar decisiones, limitada memoria institucional, restringidas capacidades en planeación, déficit en talento humano, obsolescencia tecnológica y modelo político que privilegia la burocracia sobre la tecnocracia.

El cuarto obstáculo es la gobernanza deficiente. Acusamos limitadas capacidades de diálogo y consensos entre gobernación y alcaldía de Armenia, entre las demás administraciones municipales, entre sector público, privado y académico, entre la sociedad civil y sus organizaciones y entre los diferentes grupos, partidos y movimientos políticos. Esto condujo a precarios mecanismos de coordinación para tomar e implementar decisiones que involucran a las organizaciones y la comunidad, proceso complejo que incluye diversos actores y considera múltiples intereses y perspectivas. Recordemos que los grupos humanos que interactúan tienen una mayor probabilidad de identificar problemas comunes y adoptar soluciones a través de la inteligencia colectiva.

El quinto y último es la pérdida de identidad. En el centro de la estrategia siempre debe estar la identidad, característica fundamental al momento de definir escenarios futuros y adoptar planes para hacerlos realidad. Con frecuencia los fracasos de las regiones se dan porque buscan ser lo que no son. Los países y las regiones, a igual que las empresas y las personas, tienden a distraerse siguiendo mitos, modas y tendencias mediante la práctica del benchmarking que los lleva a compararse con otros territorios más adelantados con el fin de imitarlos. Japón, Corea del Sur y Singapur son ejemplos de esto, como si lo ideal fuera convertirnos en algo similar a regiones y países reconocidas y admiradas por su nivel sofisticación y calidad de vida. Esta práctica subvalora la identidad, único pilar sobre el que se puede imaginar, acordar y construir el futuro deseado. No olvidemos que las regiones compiten, entre otras cosas, por captar y retener talento humano de calidad, por posicionar sus bienes y servicios en los mercados globales, por cautivar con su cultura, por ser un lugar atractivo para vivir y un sitio singular para visitar. Y esto no se logra clonándonos a imagen y semejanza de regiones añoradas, sino construyendo lo que queremos ser con base en nuestra quindianidad, en esto radica la confianza en nosotros mismos.

Por consiguiente, para que Horizonte Quindío. Prospectiva 2050 sea ganador y exitoso, y se convierta en un punto inflexión en nuestra historia, requiere de un cambio de mentalidad que nos lleve a adoptar visiones de mediano y largo plazo, a asumir la cultura de la anticipación con proactividad y preactividad, a fortalecer nuestras instituciones para que respondan ante los desafíos del desarrollo, a mejorar la gobernanza territorial mediante el diálogo y los acuerdos, y a fortalecer y afianzar nuestra identidad para imaginar, diseñar y construir escenarios futuros auténticos que nos hagan diferentes y atractivos en el concierto global, esto vigorizaría nuestra confianza, determinación y empuje como grupo humano.    

Correo: arjquindio@gmail.com  /  X: @ArmandoQuindio  /  Blog: www.quindiopolis.co


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