Hace 60 años se creó el departamento del Quindío


Por Armando Rodríguez Jaramillo

En un escenario mundial inestable e incierto, y en un año electoral enrarecido en el que elegiremos presidente y congreso de Colombia, el Quindío arriba a sus sesenta años como departamento, fecha propicia para reflexionar sobre la senda trasegada desde aquel 19 de enero de 1966 cuando el Senado aprobó la que sería la Ley Segunda de 1966 que crea el departamento del Quindío sancionada el 7 de febrero por el presidente Guillermo León Valencia, el mismo que posesionó el 1 de julio de ese año a Ancízar López López como su primer gobernador en lo que fue alguna vez la emblemática plazoleta del parque de Los Fundadores de Armenia, hoy ocupada por modestas cafeterías que deslucen aquel lugar patrimonial.

Durante seis décadas hemos sorteado múltiples sucesos que marcaron la historia local como aquellos buenos años de la caficultura y la ruptura del Pacto Internacional del Café, los desarrollos agroindustriales, las dinámicas manufactureras, el inicio del turismo rural y experiencial, la expansión urbana y la metropolización, las dobles calzadas y la ampliación del aeropuerto, el terremoto de 1999, el desarrollo universitario, los intentos de clústerización, el establecimiento de la zona franca, las iniciativas de internacionalización y atracción de inversión, la declaración del Paisaje Cultural Cafetero como Patrimonio de la Humanidad, el reconocimiento de nuestros cafés de especialidad y muchas otras cosas que han hecho de este departamento un territorio singular. 

Pero también acumulamos problemas socioeconómicos y ambientales como los preocupantes niveles de pobreza y desigualdad, informalidad laboral y empresarial, asentamientos subnormales, delincuencia e inseguridad, deterioro ambiental, migraciones y consumo y tráfico de drogas, expresiones que representan enormes desafíos por solucionar. A esto se suman el desprestigio de la política y los hechos de corrupción que menoscabaron la credibilidad de las instituciones y afectaron el desarrollo local.

Así que el sexagésimo aniversario del departamento debería ser la ocasión para pensar en lo que hemos sido, somos y podríamos y ser, pues como dijo el escritor argentino Jorge Luis Borges: «El futuro no es lo que va a pasar, sino lo que vamos a hacer». Si nos lo proponemos, 2026 podría ser un año para replantear nuestro modelo mental y paradigma de desarrollo, para preguntarnos si a futuro seguiremos haciendo más de lo mismo o seremos capaces de anticipar nuevas oportunidades de desarrollo y progreso. 


«Uno de los efectos más visibles del cortoplacismo es que se termina priorizando lo urgente sobre lo importante, lo inmediato sobre lo estratégico, por lo que se pierde capacidad preventiva».


La anticipación es la capacidad de imaginar, interpretar y actuar en función de futuros posibles, integrando la percepción del cambio con la toma de decisiones presentes. Anticipar futuros no es adivinar o predecir lo que sucederá, es prepararnos para lo que viene. Desafortunadamente nos acostumbramos a tomar decisiones bajo presión, sin tiempos ni recursos para pensar estratégicamente, lo que nos llevó a operar en modo reacción comprometiendo la eficiencia del quehacer público. Tengamos presente que uno de los efectos más visibles del cortoplacismo es que se termina priorizando lo urgente sobre lo importante, lo inmediato sobre lo estratégico, por lo que se pierde capacidad preventiva. Este modelo reactivo está anclado, entre otras, en las siguientes causas: planificación de corto plazo para periodos de gobierno de cuatro años, burocracias fragmentadas, desarticulación entre lo público y lo privado, baja capacidad de inteligencia institucional y una cultura política que premia la respuesta rápida sobre la construcción de consensos y la cimentación de escenarios probables y deseables.

Según la CEPAL, en su reciente publicación Guía básica de gobernanza anticipatoria [2025], «uno de los mayores obstáculos para anticipar en política pública es la forma en que se concibe el tiempo. En la práctica gubernamental, el tiempo suele estar atado a los calendarios administrativos, los ciclos presupuestales o los mandatos políticos. Se planifica por años fiscales, se evalúa por trimestres, se mide por resultados inmediatos. Sin embargo, los grandes desafíos del desarrollo —como el cambio climático, el modelo productivo, la transformación demográfica o la superación de la pobreza— se despliegan en horizontes más largos y en escalas más complejas. […] Pensar en el futuro requiere adoptar una perspectiva multitemporal». Esto es, decidir hoy pensando en lo que ocurrirá en el corto plazo y en cómo esas decisiones moldearán la región en 10 o 20 años.

Añade este organismo multilateral que uno de los atributos clave de los gobiernos resilientes es su capacidad para operar en múltiples escalas temporales de forma integrada. La multitemporalidad es, en esencia, la capacidad de gestionar al mismo tiempo tres tipos de horizontes, a saber: 

  • El presente operativo, donde se toman decisiones cotidianas, como las políticas de gasto, contratación y programas en curso; 
  • El horizonte táctico o programático, asociado al mediano plazo, donde se formulan planes de desarrollo, estrategias sectoriales o compromisos intergubernamentales; 
  • El futuro estratégico, donde se define la viabilidad estructural del territorio, su modelo productivo, su cohesión social y sus recursos. 

«La cuestión, entonces, es cómo integrar las tres dimensiones de forma coherente. El reto es que muchas veces el largo plazo queda fuera del radar. No porque no importe, sino porque no entra en el lenguaje habitual de la política. Los beneficios de anticipar son invisibles en el corto plazo, mientras que los costos de no hacerlo suelen llegar cuando ya es tarde». Esto conduce a miopías institucionales, que es la tendencia a privilegiar acciones con beneficios visibles y rápidos, aunque sean menos sostenibles o más costosas en el futuro.

Sin embargo, hay otras formas de administrar el territorio mediante la prospectiva y la gobernanza anticipatoria para anticipar las opciones estratégicas que tenemos como departamento con base en un pensamiento de largo plazo que adopte políticas públicas eficaces y coordine con efectividad la agenda pública. Es aceptar que el futuro es múltiple, incierto y complejo, pero al mismo tiempo abordable y gestionable si se cuenta con las capacidades institucionales adecuadas. Es dejar de operar en el modo reactivo para pasar a actuar en modo preventivo y constructivo.

En consecuencia, la prospectiva y la gobernanza anticipatoria ofrecen enfoques innovadores con que avanzar en el propósito de definir la Visión del Quindío a 2050 propuesto para este año, para lo cual es necesario incorporar análisis prospectivos, planificación estratégica de largo plazo en la toma de decisiones, participación social y articulación institucional. Sería pensar y actuar hoy teniendo en cuenta los múltiples futuros posibles y su evolución. Sobre esto dice la Cepal: «No se trata de predecir con certeza lo que ocurrirá, sino de prepararse mejor, ampliar las opciones, identificar señales emergentes y construir estrategias más robustas y participativas y con ello fomentar y cultivar una cultura anticipatoria». Es renunciar a ser espectadores de lo que pasará para convertirnos en protagonistas del mañana.

Así que el sexagésimo aniversario de creación del Quindío debe ser un punto de inflexión para proyectar nuestro departamento hacia otros estadios de desarrollo aprovechando su enorme potencial y el maravillo talento humano que lo habita. Sería contemplar el futuro como algo que no está escrito, algo que se puede abrir, moldear y, sobre todo, coconstruir de forma colectiva.


Correo: arjquindio@gmail.com  /  X: @ArmandoQuindio  /  Blog: www.quindiopolis.co


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