Hace 27 años todo cambio

  

«Hace 27 años la tierra se movió en Armenia y el Quindío».


Por: Armando Rodríguez Jarfamillo

El calendario sigue su curso inexorable y lo único que viaja en el tiempo es el recuerdo [al pasado] y la imaginación [al futuro]. Hace 27 años, un 25 de enero de 1999, la tierra se movió en Armenia y el Quindío, y los que vivimos aquella sacudida telúrica jamás olvidaremos los momentos angustiantes y la impotencia que nos embargó a la 1.19 minutos de la tarde de ese lunes.

Cada cual tiene su propia historia sobre lo que hacía en ese preciso momento y su relato a acerca de lo que hizo durante las semanas y los meses subsiguientes para reconstruir su vida y la de su familia. Al final, la sumatoria de estas vivencias individuales conforma la diversa y compleja historia colectiva de Armenia, una urbe en constante transformación que una década atrás había celebrado su centenario orgullosa de ser la «Ciudad Milagro». Sin embargo, en 1989 ningún armenio imaginó lo que sucedería diez años después.

Hoy, al mirar en retrospectiva lo sucedido, quiero referirme a tres situaciones que a mi juicio no han sido debidamente valoradas y debatidas, y que contribuyeron a la desarticulación social, al detrimento del sentido de pertenencia e identidad y al menoscabo de la cultura cívica que desde entonces hemos padecido. Me refiero particularmente a la pérdida del centro histórico, al proceso de gentrificación y al deterioro de las relaciones de vecindad.

1- Pérdida del centro histórico. El enorme nivel de destrucción del centro de la ciudad causó la desaparición de numerosas edificaciones y lugares que tenían valor simbólico e identitario para los armenios, y que fueron puntos de referencia de varias generaciones. En un abrir y cerrar de ojos se esfumaron tradicionales residencias de la carrera 13 y el sector del parque Uribe, lugares emblemáticos de la Armenia de la primera mitad del siglo XX, y también quedaron por el piso edificios representativos de la arquitectura tradicional como fueron el teatro Bolívar y el Banco de Bogotá. Caso aparte merecen la demolición de la Alcaldía Municipal y las Galería Centrales que en 1995 habían sido declaradas Monumento Nacional, a los que se suman la Iglesia del Carmen, para no nombrar sino unos pocos inmuebles que hacían parte de la Armenia Centenaria.

Esto hizo que el centro perdiera valor histórico y dejara de ser referente y sitio de encuentro ciudadano para convertirse en una zona desordenada y caótica de difícil tránsito, y donde se percibe inseguridad como pasa en los alrededores del CAM.

2- El proceso de gentrificación. La semidestrucción de la zona centro obligó a su cerramiento por varios meses mientras se recogían escombros y se hacían demoliciones. Entonces numerosos comerciantes, entidades bancarias y financieras, instituciones de salud y oficinas gubernamentales arrendaron o compraron casas sobre la avenida Bolívar y en barrios aledaños como La Nueva Cecilia, Los Profesionales, Alcázar, El Nogal, La Castellana y Laurales.

En poco tiempo el norte de la ciudad se transformó entrando en un proceso de gentrificación que cambió el tradicional uso residencial por comercios, bancos, restaurantes, farmacias, supermercados y tiendas, para luego atraer centros comerciales, hoteles, clínicas, laboratorios, restaurantes, licoreras, discotecas y muchas otras actividades. Este cambio menoscabó el sentido de pertenencia y las relaciones de vecindad modificando para siempre su entorno y sus espacios públicos, y alterando su tranquilidad y seguridad. Algo similar pasó en otros sectores como el Barrio Granada, la avenida de Las Américas, la calle 30 hacia Mercar y en las Acacias y la calle 50 hacia Puerto Espejo.

3- Deterioro de las relaciones de vecindad: La destrucción ocasionada por el terremoto hizo que mucha gente que por décadas vivió en barrios tradicionales construidos entre los años cincuenta y ochenta, lugares donde residieron al menos dos generaciones de familias que crearon lazos de amistad con sus vecinos y donde sus hijos jugaron y se levantaron en comunidad, tuvieran que abandonarlos. Para solucionar esta situación, el FOREC encomendó a quince ONG, que no tenían nexo alguno con la ciudad ni conocían la historia ni la cultura de los armenios, el proceso de reconstrucción. Estas organizaciones, actuando de buena fe, establecieron en lotes dispersos albergues temporales con materiales precarios y con baterías sanitarias y comedores comunitarios donde se reubicaron familias que habían perdido sus casas. Es esos albergues sus inquilinos temporales vivieron por dos o más años mientras se construían urbanizaciones en la periferia con casas de diseños repetidos y limitados metrajes que carecían de identidad alguna.

En esos lugares se adjudicaron viviendas a personas que procedían de diferentes barrios y a otros que llegaron de municipios cercanos, incluyendo a los que arribaron a la ciudad con la esperanza de conseguir techo. Así se fueron configuraron aglomeraciones urbanas con nuevos vecinos a los que se les dificultó formar comunidad perdiéndose las relaciones de vecindad que caracterizaron a los barrios tradicionales.

Estos tres determinantes contribuyeron a que Armenia se transformara en una ciudad diferente. Ese municipio tranquilo y pujante con identidad, sentido de pertenencia y cultura cívica poco a poco sufrió la pérdida de sus referentes patrimoniales y la transformación de sus lugares tradicionales lo que menoscabó el sentido de identidad y fracturó sus relaciones comunitarias, elementos que constituían el pegamento fundamental de la sociedad y del civismo.

Hoy muchos armenios se esfuerzan por buscar un nuevo norte, por crear articulación social y lazos de vecindad, por construir nuevos referentes y erigir identidad y cultura. Basta ya de compararnos con Pereira y Manizales, porque la «Ciudad Milagro» tomó otros rumbos al verse obligada a hacer un alto en el camino para atender una tragedia de enormes proporciones. De no haber sucedido aquel sismo, la Armenia del 25 de enero de 2026 sería otra muy distinta a la que tenemos, pero la historia nos tenía reservados otros rumbos que nos llevaron por distintos senderos.

De ahí que luego de levantarnos de los escombros, de sacudirnos el polvo que nos cubrió y de superar las incalculables pérdidas económicas, humanas y emocionales, es hora de enfrentar otro gran desafío que nos conduzca a entretejer nuevas relaciones sociales y de convivencia con el propósito de reinventar el concepto de progreso y desarrollo en el marco de una sociedad emprendedora, solidaria y justa y de un revitalizado sentido de la política. Sólo así podremos construir una sólida cultura cívica como medio para volver a ilusionarnos por el futuro, porque de no hacerlo, corremos el riesgo que el presente canibalice nuestra realidad y el pasado se vuelva un lugar atractivo para los discursos nostálgicos. En esto consiste alimentar la esperanza de un mejor mañana.

Correo: arjquindio@gmail.com  /  X: @ArmandoQuindio  /  Blog: www.quindiopolis.co


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2 Comentarios

  1. Tampoco tenemos
    presente nuestra historia sísmica, para la cual estamos aún sin preparación.

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