Una desigualdad moderada

Algo no funciona en esta ciudad con una sociedad desigual donde pocos concentran mucho y muchos concentran nada.


El informe del DANE sobre pobreza monetaria en Armenia en 2020 dijo que esta fue del 45,3% y que la pobreza monetaria extrema fue de 15,5%, y señaló que las personas en pobreza monetaria tuvieron ingresos per cápita inferiores a $400.047 mensuales y las que estaban en pobreza monetaria extrema contaron con ingresos inferiores a $160.010 al mes por persona. Así mismo, la Encuesta Pulso Social (24 de noviembre de 2021) del DANE indicó que en el trimestre agosto – octubre del presente año el 76,2% de las personas jefes de hogar y sus conyugues en Armenia afirmaron que consumen tres comidas al día.

Estos datos nos muestran las grandes carencias de muchos y pone a la desigualdad como una expresión de la pobreza que es imposible de enunciar sólo con cifras ya que los números ensombrecen las realidades sociales. De ahí que al observar la ciudad a través del prisma de la solidaridad vemos que la desigualdad no sólo se expresa en términos de pobreza, también lo hace en un conjunto de privilegios y de situaciones que producen vidas distintas.

 

Las desigualdades se notan.

La desigualdad nos grita a diario desde esas calles donde habitan personas en condiciones lamentables, que a fuerza de verlas (o de ignorarlas)  se confunden con el paisaje urbano y se vuelven imperceptibles para la sociedad (por la mañanas camino unas 50 cuadras desde mi casa hasta el centro, recorrido en el que, antes de la pandemia, hallaba una docena de personas que amanecían sobre los andenes, hoy cuento 35 o 40 que tempranito son despertados por policías para que los ciudadanos no las vean).

La desigualdad se nota cuando las cifras dicen que el 23,8% de la población no logra comer tres veces al día, números que ocultan cuántos lo hacen sólo una vez o cuántos no lo hacen, así como tampoco explican si los que comen tres veces al día lo hacen de forma nutritiva o sólo para calmar el hambre.

La desigualdad se ve en la calidad de las viviendas. Armenia oculta en las laderas de sus quebradas a miles y miles de casas informales que despectivamente los tecnócratas llaman barrios subnormales, esos que son autoconstruidos con materiales precarios, en zonas de riesgo y con limitado acceso a servicios públicos. Pero también la desigualdad se ve en las viviendas formales de barrios de ingresos bajos, muy bajos, donde es usual que las familias vivan hacinadas, las calles sean estrechas y el espacio público sea precario para tener una vida digna. Barrios donde la gente se resigna a tener su casa propia, solo eso. Obvio que lo descrito no tiene comparación con las condiciones de ciertas zonas exclusivas y de algunas urbanizaciones campestres también exclusivas.

La desigualdad está en la educación cuando unos van a colegios de élite y otros soportan las limitaciones de muchos planteles de educación pública (En estos días a una madre le oí con angustia que su hijo pasaba a grado quinto y aún no le habían enseñado a dividir). Son precisamente en estas brechas en educación donde inicia una exclusión que dura el resto de la vida, pues mientras unos se preparan para ocupar los mejores empleos, otros ven cómo se esfuman sus aspiraciones a un buen trabajo y a la movilidad social.

La desigualdad se nota en la informalidad laboral, mientras miles reclaman el espacio público para caminar y disfrutar la ciudad, otros muchos lo necesitan como sitio de trabajo para rebuscar el ingreso familiar con improvisadas ventas de perecederos, ropa, cacharro, comestibles y frituras, o cantando y haciendo pirueta para sus audiencias siempre en movimiento.

La desigualdad se observa cuando vemos que miles y más miles y otros miles se desplazan a diario en transporte público desde barrios de la periferia para llegar al hospital San Juan de Dios y a las sedes de las IPS y EPS o para ir a clase a las universidades y al Sena. Nunca he comprendido porqué los establecimientos de salud y educación superior se concentraron al norte de la ciudad cuando el grueso de la población vive al otro extremo.

Y es que las consecuencias de no haber hecho obras como las de valorización profundizó las desigualdades de aquellos que a diario se deben desplazar por vías congestionadas en buses congestionados de un extremo a otro de la ciudad. Entonces la desigualdad también la agudiza por la corrupción cuando ciertos gobernantes y políticos privilegiados se apropian de los recursos públicos y privan de una movilidad digna a las personas de menores ingresos.

 

A manera de colofón

Así que la desigualdad se volvió una forma de hablar de la pobreza sin siquiera nombrarla. El escritor Martín Caparrós en su libro Ñamérica (Editorial Random House, 2021) señala:

 

«Creo que podríamos, sin ánimo de medir y clasificar, considerar pobre a alguien que tiene un trabajo muy mal pagado o no tiene ninguno, que no tiene una casa digna de ese nombre, que no come lo que querría sino lo que puede, que no consigue curarse de sus enfermedades, que no tiene ninguna seguridad sobre lo que vendrá, que no se siente parte. Y que las clasificaciones sirven para hacerse una idea de cuántos son, sabiendo que son órdenes de grandeza, no cantidades precisas (página 192)». 

Algo no funciona en esta ciudad con una sociedad desigual donde pocos concentran mucho y muchos concentran nada. Una sociedad que se acostumbró a tratar ciertos temas con una asepsia desmesurada. Una sociedad y un sistema político que envés de adoptar medidas estructurales mantiene una desigualdad moderada que se tolera a sí misma para apaciguar posibles cargos de consciencia colectivos. Una sociedad que tarde o temprano deberá darse cuenta de que no será posible progresar hasta tanto todos puedan progresar.

Armenia, 07 de diciembre de 2021


Armando Rodríguez Jaramillo

arjquindio@gmail.com    /   @ArmandoQuindio


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