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| Imagen de NCGPro en Pixabay |
Por: Gustavo Páez Escobar
Según
el Diccionario de la Real Academia Española, como paranormal se considera un
hecho que “no puede ser explicado por los conocimientos científicos actuales, y
es objeto de estudio de la parapsicología”. Dicho estudio está dirigido a
fenómenos mentales y físicos tan conocidos como la telepatía, la levitación, la
clarividencia o el presentimiento.
El
famoso refrán “no hay que creer en brujas, pero que las hay, las hay”,
significa que lo que se cree imposible o inexplicable puede suceder. Dos obras
maestras de este género son El fantasma de Canterville (1887), de
Óscar Wilde, y El fantasma de la ópera (1910), de Gaston Leroux. Ellas
me sirven de motivación para incursionar hoy en el mundo de los espíritus
(llámense fantasmas, duendes, espectros, almas en pena o apariciones).
“No hay que creer en
brujas, pero que las hay, las hay”.
El
primer caso me sucedió hace más de medio siglo, un sábado que viajaba con mi
esposa y nuestras dos pequeñas hijas hacia el municipio de Bojacá. De regreso,
a las seis y media de la tarde, llegamos a la granja de Tibaitatá, distante 20
kilómetros de Bogotá, donde un grupo de obreros se divertían en un expendio de
bebidas alcohólicas. De repente, mi vehículo colisionó contra otro automóvil,
de color azul oscuro, que estaba detenido en plena vía, con el motor apagado, y
que no tenía señales de prevención. El choque fue tremendo.
Pude ver
cuando uno de los obreros avanzaba hacia nosotros a toda prisa, provisto de una
botella de cerveza. Dada su avanzada embriaguez, se tropezó y recibió un fuerte
golpe contra el pavimento. Se levantó chorreando abundante sangre, que esparció
en el capó, dando la impresión de que había sido embestido por mi automóvil. Y
profería desesperados alaridos. Luego se ubicó frente a las llantas delanteras.
Sus compañeros corrían iracundos hacia el lugar del siniestro, armados también
de botellas. No había duda: nos iban a linchar.
La
angustia que sufrimos en el interior del vehículo es indescriptible. No
teníamos manera de defendernos ni de hablar con aquellas personas enceguecidas.
Mientras tanto, el aparente herido no cesaba de enardecer la ira vengadora del
grupo. En ese momento de obnubilación no se piensa en nada: solo se sabe que se
va a morir. Cuando ya los agresores se hallaban a corta distancia, apareció, en
forma sorpresiva y providencial, un hombre de figura apuesta, cubierto por un
abrigo negro y un sombrero elegante.
Se
ignoraba de dónde había salido. No de la vecindad, porque esto no tenía
sentido, ni de ningún carro en circulación, porque la carretera permanecía
desierta. A esto se sumaba el maletín ejecutivo que portaba y que lo
presentaba como un empresario u hombre de negocios, que tampoco podía
concebirse en aquella circunstancia. Él se enfrentó a los agresores cuando
estaban a punto de cometer una locura, y les pidió que lo escucharan.
Les dijo que todo lo había presenciado. Los obreros entraron en razón al saber que había sido su compañero el que fingió el accidente para obtener un beneficio económico. A medida que hablaba el personaje misterioso, vi cómo los obreros se fueron sosegando y luego emprendieron el regreso, cabizbajos y acaso agradecidos, al expendio de bebidas. Salí de mi vehículo, y en parte alguna encontré al hombre incógnito. La noche era oscura, y en el alto cielo titilaba una estrella fugitiva.
