¿Y si la historia se reescribe?

 

Por: Hans Peter Knudsen

En estos días tuve la oportunidad de participar en una interesantísima tertulia, de esas que realizamos mensualmente y que, además de permitirnos compartir entre amigos, nos invitan a reflexionar sobre asuntos que están transformando nuestro mundo. En esta ocasión, uno de los temas fue la inteligencia artificial, sus extraordinarias posibilidades y sus inquietantes amenazas.

Uno de los contertulios manifestó, con absoluta convicción, que detrás de los recientes mensajes apocalípticos sobre sus peligros existen intereses superiores, individuales o de determinados grupos de poder, empeñados en controlar su desarrollo, preservar privilegios o consolidar posiciones dominantes.

Una afirmación interesante, que naturalmente dio lugar a una animada conversación. Porque, sin desconocer los riesgos reales de esta tecnología, tampoco podemos ignorar los gigantescos intereses económicos, políticos y geopolíticos que la rodean.

Sin embargo, hubo otra reflexión que, debo confesarlo, me movió verdaderamente el piso.

El mismo compañero de Tertulia planteó que, en la medida en que los libros, periódicos, investigaciones y documentos digitales continúen desplazando a sus equivalentes impresos, estaremos abriendo una puerta extraordinariamente peligrosa: la posibilidad de reescribir la historia, no para corregirla mediante nuevos descubrimientos, sino para acomodarla a los intereses de quienes tengan el poder de modificarla.

Inicialmente podría parecer un argumento de ciencia ficción. Pero mientras avanzaba la conversación comprendí que no solamente era tecnológicamente posible, sino que podría convertirse en una de las mayores amenazas para nuestras sociedades.

Pensemos por un momento. Durante siglos, quien pretendiera modificar el contenido de un libro debía enfrentarse a miles o millones de ejemplares distribuidos por bibliotecas, universidades y hogares. Podía publicar otra edición, prohibir su circulación o incluso ordenar su destrucción, pero difícilmente conseguiría modificar simultáneamente todos los ejemplares existentes.

Un libro impreso tiene una característica que quizás no valoramos suficientemente: nadie puede cambiar a distancia las palabras que contiene.

Con los documentos digitales la situación es diferente.

Una publicación almacenada en servidores centrales puede modificarse, sustituirse o desaparecer mediante unas pocas instrucciones. Y si quienes consultan esa información solamente tienen acceso a la versión modificada, ¿cómo podrían saber que alguna vez existió otra?

Y no estamos hablando únicamente de posibilidades teóricas.

En 2009, Amazon eliminó remotamente de dispositivos Kindle ejemplares digitales que algunos usuarios habían comprado de dos obras de George Orwell: 1984 y Rebelión en la granja. La empresa argumentó problemas con los derechos de distribución y posteriormente reconoció su equivocación.

La ironía resulta estremecedora. Precisamente 1984 describe una sociedad totalitaria en la cual el poder modifica sistemáticamente los registros del pasado para acomodarlos a las necesidades del presente.

Aunque aquel episodio no pretendía falsificar la historia, demostró algo verdaderamente inquietante: una plataforma podía intervenir a distancia sobre libros que sus usuarios consideraban propios.

Más preocupante todavía resulta una investigación publicada en 2019 por el historiador Glenn D. Tiffert, quien documentó la eliminación silenciosa de determinados contenidos históricos en plataformas académicas digitales chinas.

Ahora agreguemos a esta realidad el extraordinario poder de la inteligencia artificial.

Hoy resulta técnicamente posible procesar millones de documentos, identificar referencias inconvenientes, modificar narrativas, fabricar imágenes históricas y producir testimonios audiovisuales aparentemente auténticos.

Imaginemos que dentro de cincuenta años un estudiante colombiano pregunta a su asistente de inteligencia artificial qué ocurrió durante determinado episodio de nuestra historia política. Si las fuentes utilizadas por ese sistema han sido previamente manipuladas, podría recibir una respuesta perfectamente redactada, aparentemente documentada y completamente equivocada.

Y probablemente no tendría razones inmediatas para desconfiar.

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"Ya no estaríamos hablando simplemente de noticias falsas. Estaríamos frente a la posibilidad de fabricar un pasado falso".

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Ya no estaríamos hablando simplemente de noticias falsas. Estaríamos frente a la posibilidad de fabricar un pasado falso.

Las consecuencias serían devastadoras.

Los responsables de decisiones desastrosas podrían convertirse en héroes. Las víctimas de abusos podrían desaparecer de los registros. Los protagonistas de acontecimientos fundamentales podrían ser sustituidos por personajes construidos artificialmente.

Las nuevas generaciones podrían aprender versiones deliberadamente manipuladas de acontecimientos históricos, diseñadas para fortalecer determinadas ideologías, gobiernos o grupos de poder.

Y para Colombia, un país cuya historia ha estado marcada por profundas divisiones, episodios de violencia y controversias sobre nuestro pasado, el riesgo merece especial atención.

¿Se imaginan que dentro de algunas décadas no exista certeza sobre lo que realmente ocurrió durante el conflicto armado, sobre hechos de corrupción o sobre acontecimientos que hoy conocemos gracias a investigaciones, documentos y testimonios?

No me refiero a las diferentes interpretaciones de los historiadores, indispensables para comprender el pasado. Me refiero a algo mucho más grave: que desaparezcan o se modifiquen las propias evidencias sobre las cuales construimos nuestra historia.

Afortunadamente, existen mecanismos de protección. La UNESCO advirtió desde 2003 sobre la necesidad de preservar el patrimonio digital. Hoy contamos con herramientas para verificar la autenticidad de archivos, registrar sus modificaciones y conservar copias independientes en diferentes instituciones.

Pero la tecnología, por sí sola, no será suficiente.

Necesitamos fortalecer nuestros archivos históricos, conservar documentos físicos fundamentales, garantizar repositorios digitales independientes y exigir transparencia sobre cualquier modificación de publicaciones. Las universidades, bibliotecas, medios de comunicación y entidades encargadas de custodiar nuestra memoria tienen una responsabilidad gigantesca.

Y quizás debamos recuperar una costumbre que algunos consideran anticuada: conservar libros, periódicos y documentos impresos.

No por nostalgia ni por resistencia al progreso, sino porque la diversidad de fuentes y soportes constituye una extraordinaria defensa contra la manipulación.

Al terminar aquella tertulia me quedó dando vueltas una reflexión que todavía no consigo apartar de mi cabeza.

Durante siglos hemos escuchado que los vencedores escriben la historia. Pero siempre existió la posibilidad de encontrar otros documentos, testimonios y evidencias capaces de cuestionar las versiones oficiales.

¿Qué ocurrirá cuando alguien no solamente pueda escribir la historia a su conveniencia, sino también borrar silenciosamente las pruebas de que alguna vez fue diferente?

Quizás uno de los mayores peligros de la inteligencia artificial no sea que algún día las máquinas lleguen a pensar por nosotros.

Quizás sea que terminemos creyendo, sin cuestionarlo, todo aquello que nos digan que debemos recordar.

Porque una sociedad que pierde la autenticidad de su memoria termina perdiendo también su capacidad para comprender su presente y decidir libremente su futuro.

Y entonces la pregunta ya no será quién escribe la historia, sino quién tendrá el poder de reescribirla… y quién podrá demostrar que lo hizo.

Nota: Imagen de Di Wang en Pixabay

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