Sucesos paranormales (3)

 

«… de repente una corazonada que me causó desazón. Era una voz interna que me aconsejaba desistir del plan que tenía entre manos».

Por: Gustavo Páez Escobar

Los casos que voy a narrar encajan dentro de estos términos: presentimiento, premonición, precognición, corazonada, intuición, clarividencia, pálpito. Se trata de hechos misteriosos, o paranormales, que la ciencia no logra dilucidar. He aquí la definición que da la Real Academia para la palabra intuición: “Facultad de comprender las cosas instantáneamente, sin necesidad de razonamiento”.

Retrocedo a diciembre de 1971, cuando vivía en Armenia. Ya adquiridos los tiquetes para asistir en Bogotá a una reunión familiar con mi esposa y los hijos, sentí de repente una corazonada que me causó desazón. Era una voz interna que me aconsejaba desistir del plan que tenía entre manos. Esa misma voz la he percibido muchas veces.    

Conforme pasaban las horas, más se acentuaba el desasosiego. En vista de lo cual hablé con el gerente de Avianca en solicitud de que me adelantara la salida para el día anterior. Esto era muy difícil, pues los aviones eran pequeños y permanecían copados. Sin embargo, me ofreció llamarme a las seis de la tarde. Y a esa hora supe, como cosa providencial, que un pasajero había desocupado exactamente el mismo número de sillas que necesitábamos. Me volvió el alma al cuerpo.

El avión en que íbamos a viajar se accidentó saliendo del aeropuerto, y murieron todos los ocupantes. Las emisoras pasaban de continuo la noticia que informaba que toda la familia Páez había fallecido. Como figurábamos en la lista inicial, que no se había alcanzado a modificar, la noticia era obvia. Nos habíamos salvado por hacerle caso a la corazonada.

Un episodio diferente me sucedió años después, también en Armenia. Había tenido un percance callejero a raíz del cual llevaba varios días de convalecencia. A mi casa llegó un apreciado amigo que me invitó a almorzar con mi esposa en Pereira. Quería que me distrajera, que tomara aire. En aquel momento leía un libro fascinante que me mantenía absorto y disipaba por completo el tedio. Le pedí que dejáramos el programa para otro día. 

Pero él insistía en su invitación. ¡Otra vez había percibido el mensaje de la intuición! Era una voz fuerte, categórica, que me decía que no, que reflexionara, que no le hiciera caso al amigo, por más deferente que fuera, para no correr riesgos. Imposible contarle que yo tenía contacto con los espíritus, con lo cual me exponía a que me creyera loco. Un loco como gerente de banco es un descrédito, y yo manejaba, ni más ni menos, el sistema crediticio de mi entidad, que permite la penetración en el ámbito local y la estabilidad del funcionario.

Pero como mi amigo era ameno conversador –y por más disculpas que le ofrecí–, terminó convenciéndome. Y nos fuimos a Pereira. Para conciliarme conmigo mismo, me valí de tretas y mentiras para desoír la corazonada, o la premonición, o el pálpito, o la intuición… El desenlace ocurrió al regreso, cuando un loco descomunal tenía como deporte tirarles piedras a los carros que pasaban por la vía. Gozaba con ese deporte. La pedrada se estrelló en la frente y estuvo a punto descerebrarme. Perdí el sentido, y presa de las convulsiones ingresé al centro médico. Un año duró la recuperación. Y aquí estoy contando la historia. La conclusión es lógica: había desatendido la corazonada.

Nota: Imagen de Sierra Schulz en Pixabay

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