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| Imagen de Jordan Garner en Pixabay |
«Ninguna ciencia ha podido descifrar estos mitos
legendarios que habitan el planeta a lo largo de los siglos».
Por: Gustavo Páez Escobar.
El folclore de muchos países define a los duendes como seres
fantásticos y misteriosos, de pequeña estatura y aspecto humanoide. Aparecen
con las orejas en punta, que pueden interpretarse como antenas para escuchar
mejor a la gente. En su vestimenta son vistosos los sombreros grandes, los
zapatos excedidos y los trajes de colores. Suelen cambiar el sombrero por un
gorro festivo, y llevan una bolsa en la mano o en el
hombro.
Son bromistas, juguetones y vivarachos. Ese es su talante
habitual, el de todos los días y todas las horas. Nunca se les ve tristes,
estresados o alicaídos, porque la sonrisa es tan genuina en ellos como sus
propios ojos perspicaces y pícaros. Les gusta jugar con la gente y cambiar de
sitio a los objetos. Se caracterizan por su naturaleza simpática y
amable.
En los campos cuidan las fincas y animales, e impiden que los
malos espíritus perturben el ambiente. En las viviendas amparan a los
residentes con artificios ingeniosos. Son criaturas mágicas. No hay que
confundirlos con los fantasmas o los espíritus perversos. En el mundo esotérico
existen otros seres que tienen alguna semejanza con los duendes: los gnomos,
los elfos y las hadas, pero estos son de diferente estilo.
Cuando hace medio siglo vivía yo en Armenia, una noche estaba
dedicado en la biblioteca de mi casa al oficio de escritor. De repente percibí
un ruido extraño, que sonaba como un aleteo cadencioso. Pensé que se trataba de
una sugestión o una suposición, tal vez motivadas por el capítulo de suspenso
que tramaba en la novela que escribía. Después reapareció el mismo sonido, y
entendí que se trataba de algo incomprensible.
El diccionario que mantenía a la mano cambió de lugar en un
instante. Y persistía el aleteo. Eran las once de la noche. Noche profunda,
trastornada por el miedo y la perplejidad. Dominado por la zozobra, abandoné la
biblioteca y busqué el sueño. Sueño intranquilo, como mi propio espíritu. La
semana siguiente dejé de ingresar a la biblioteca, y solo lo hice cuando leí un
texto respetable que me enseñó a querer a los
duendes.
De nuevo en mi escritorio, el alma me volvió al cuerpo. Había
adquirido la confianza. Retomé el capítulo inconcluso de la novela y me
familiaricé con los ruidos insólitos. Y no pensaba en nada distinto a proseguir
con vigor por el camino de las letras. Otra noche de buena luna, cuando había
superado la barrera del desconcierto, descubrí de pronto una raya marcada en la
uña del dedo medio. A este hecho no le di mayor importancia, quizás por estar
concentrado en la escritura de la obra.
Borré la raya, y poco después volvió a aparecer más nítida.
“Es el lenguaje insistente de los duendes”, pensé. Lo cierto es que me había
familiarizado con ellos, y la amistad perdura hasta el día de hoy. Estas
criaturas inofensivas y graciosas, amables y solidarias, buscan la amistad de
los seres humanos a través del único lenguaje que saben: el suspiro, el aleteo,
el susurro… Ninguna ciencia ha podido descifrar estos mitos legendarios que
habitan el planeta a lo largo de los siglos.
