Sucesos paranormales (2)

Imagen de Jordan Garner en Pixabay

 

«Ninguna ciencia ha podido descifrar estos mitos legendarios que habitan el planeta a lo largo de los siglos».


Por: Gustavo Páez Escobar.

El folclore de muchos países define a los duendes como seres fantásticos y misteriosos, de pequeña estatura y aspecto humanoide. Aparecen con las orejas en punta, que pueden interpretarse como antenas para escuchar mejor a la gente. En su vestimenta son vistosos los sombreros grandes, los zapatos excedidos y los trajes de colores. Suelen cambiar el sombrero por un gorro festivo, y llevan una bolsa en la mano o en el hombro.         

Son bromistas, juguetones y vivarachos. Ese es su talante habitual, el de todos los días y todas las horas. Nunca se les ve tristes, estresados o alicaídos, porque la sonrisa es tan genuina en ellos como sus propios ojos perspicaces y pícaros. Les gusta jugar con la gente y cambiar de sitio a los objetos. Se caracterizan por su naturaleza simpática y amable.  

En los campos cuidan las fincas y animales, e impiden que los malos espíritus perturben el ambiente. En las viviendas amparan a los residentes con artificios ingeniosos. Son criaturas mágicas. No hay que confundirlos con los fantasmas o los espíritus perversos. En el mundo esotérico existen otros seres que tienen alguna semejanza con los duendes: los gnomos, los elfos y las hadas, pero estos son de diferente estilo.   

Cuando hace medio siglo vivía yo en Armenia, una noche estaba dedicado en la biblioteca de mi casa al oficio de escritor. De repente percibí un ruido extraño, que sonaba como un aleteo cadencioso. Pensé que se trataba de una sugestión o una suposición, tal vez motivadas por el capítulo de suspenso que tramaba en la novela que escribía. Después reapareció el mismo sonido, y entendí que se trataba de algo incomprensible.   

El diccionario que mantenía a la mano cambió de lugar en un instante. Y persistía el aleteo. Eran las once de la noche. Noche profunda, trastornada por el miedo y la perplejidad. Dominado por la zozobra, abandoné la biblioteca y busqué el sueño. Sueño intranquilo, como mi propio espíritu. La semana siguiente dejé de ingresar a la biblioteca, y solo lo hice cuando leí un texto respetable que me enseñó a querer a los duendes.     

De nuevo en mi escritorio, el alma me volvió al cuerpo. Había adquirido la confianza. Retomé el capítulo inconcluso de la novela y me familiaricé con los ruidos insólitos. Y no pensaba en nada distinto a proseguir con vigor por el camino de las letras. Otra noche de buena luna, cuando había superado la barrera del desconcierto, descubrí de pronto una raya marcada en la uña del dedo medio. A este hecho no le di mayor importancia, quizás por estar concentrado en la escritura de la obra.  

Borré la raya, y poco después volvió a aparecer más nítida. “Es el lenguaje insistente de los duendes”, pensé. Lo cierto es que me había familiarizado con ellos, y la amistad perdura hasta el día de hoy. Estas criaturas inofensivas y graciosas, amables y solidarias, buscan la amistad de los seres humanos a través del único lenguaje que saben: el suspiro, el aleteo, el susurro… Ninguna ciencia ha podido descifrar estos mitos legendarios que habitan el planeta a lo largo de los siglos.  


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