El efecto de la ilusión de verdad


Por: Hans Peter Knudsen

Existe un fenómeno psicológico tan poderoso como inquietante que ha acompañado a la humanidad durante siglos y que, paradójicamente, parece estar alcanzando su máxima expresión en esta era de comunicaciones digitales, redes sociales e inteligencia artificial. Se conoce como el efecto de la ilusión de verdad (Illusory Truth Effect) y consiste en algo tan sencillo como peligroso: cuando escuchamos repetidamente una afirmación, nuestro cerebro tiende a considerarla cada vez más verdadera, independientemente de que existan pruebas que la respalden.

Dicho de otra manera, una mentira repetida suficientemente puede terminar siendo aceptada como verdad. Y lo más preocupante es que este fenómeno no afecta exclusivamente a personas ingenuas, desinformadas o con poca formación académica. Todos, absolutamente todos, somos susceptibles de caer en esa trampa de nuestra propia mente.

Aunque el fenómeno es tan antiguo como la comunicación humana, fue identificado científicamente en 1977 por los psicólogos Lynn Hasher, David Goldstein y Thomas Toppino, quienes realizaron una serie de experimentos en los cuales presentaban a diferentes personas afirmaciones verdaderas y falsas, algunas de ellas repetidamente.

El resultado fue revelador: las afirmaciones repetidas eran consideradas progresivamente más creíbles, incluso cuando eran falsas.

La explicación tiene que ver con la manera como funciona nuestro cerebro. Cuando recibimos información conocida, la procesamos con mayor facilidad. Esa familiaridad genera una sensación de confianza que, frecuentemente, confundimos con veracidad. Es lo que los investigadores denominan fluidez cognitiva.

Nuestro cerebro, buscando permanentemente ahorrar esfuerzos, puede terminar sustituyendo una pregunta fundamental —¿esto es cierto?— por otra mucho más sencilla: ¿esto me resulta familiar?

Y ahí comienza el problema.

Una revisión científica publicada en 2026 en Nature Communications, que reunió 182 estudios y más de 31.000 participantes, confirmó que este efecto es real, aunque su intensidad varía dependiendo de las circunstancias. Incluso las personas que poseen conocimientos suficientes para identificar una afirmación falsa pueden experimentar una mayor sensación de credibilidad cuando vuelven a escucharla.

La historia está llena de ejemplos estremecedores de cómo la repetición sistemática de narrativas engañosas ha contribuido a transformar sociedades enteras.

Quizás el caso más dramático fue el de la Alemania nazi. Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de Hitler, comprendió extraordinariamente bien el poder de la repetición, aunque sería históricamente impreciso atribuirle sin reservas todas las frases célebres que hoy circulan bajo su nombre.

Durante años, el régimen nazi utilizó periódicos, discursos, películas, carteles y emisiones radiales para repetir obsesivamente afirmaciones falsas sobre los judíos, presentándolos como responsables de las dificultades económicas, sociales y políticas de Alemania.

La propaganda no fue la única causa del Holocausto, pero contribuyó decisivamente a normalizar el antisemitismo, deshumanizar a millones de personas y facilitar la aceptación social de una persecución que terminó convirtiéndose en uno de los mayores crímenes de la humanidad.

Algo semejante, aunque con características diferentes, ocurrió durante el régimen de Stalin en la Unión Soviética. La propaganda oficial construyó una representación idealizada del poder, mientras la censura y la manipulación de fotografías, publicaciones y documentos históricos procuraban eliminar las evidencias que contradecían la versión oficial.

No bastaba con controlar el presente. Había que controlar también el pasado.

Y si avanzamos hasta tiempos mucho más recientes, encontramos otro episodio extraordinariamente ilustrativo: las afirmaciones sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Irak, utilizadas en 2003 para justificar la invasión encabezada por Estados Unidos.

Aquellas afirmaciones fueron reiteradas por importantes autoridades políticas y amplificadas por numerosos medios de comunicación. Posteriormente, las investigaciones no encontraron los arsenales que habían constituido uno de los principales argumentos para la intervención militar.

Las consecuencias fueron devastadoras y demostraron cómo afirmaciones presentadas insistentemente con apariencia de certeza pueden adquirir una enorme fuerza política antes de que sus fundamentos hayan sido suficientemente comprobados.

Por supuesto, sería simplista explicar acontecimientos históricos de semejante complejidad exclusivamente mediante este fenómeno psicológico. En ellos intervinieron intereses políticos, económicos, militares e ideológicos. Pero la repetición de determinados mensajes contribuyó a construir las percepciones públicas que hicieron posibles muchas decisiones.

Ahora bien, si estos mecanismos ya eran peligrosos cuando la información circulaba principalmente mediante periódicos, radio y televisión, imaginemos lo que pueden representar en un mundo donde millones de mensajes se reproducen instantáneamente.

Hoy, las redes sociales permiten que una misma afirmación aparezca cientos de veces, presentada por distintos usuarios, medios, influenciadores y cuentas automatizadas. Aunque todas las publicaciones procedan de una única fuente original, la multiplicación puede generar la falsa impresión de que existe un consenso generalizado.

Y la inteligencia artificial agrega una nueva dimensión: la posibilidad de producir enormes cantidades de contenidos aparentemente auténticos, incluyendo imágenes, voces, videos y testimonios fabricados.

Ya no se necesita convencer personalmente a millones de ciudadanos. Basta con lograr que millones de ciudadanos encuentren reiteradamente el mismo mensaje.

Pero existe una dimensión adicional, particularmente preocupante: la repetición no solamente puede convertir una mentira en una aparente verdad; también puede convertir una verdad incómoda en algo que muchos terminen considerando falso.

¿Cómo? Mediante la reiteración permanente de expresiones como «es un montaje», «es una persecución», «todo está manipulado» o «se trata de una conspiración», sin aportar necesariamente evidencias que permitan resolver la controversia.

Cuando estas afirmaciones se repiten insistentemente, pueden terminar instalando dudas generalizadas sobre hechos que merecen ser investigados. Lo mismo sucede en sentido contrario: una acusación reiterada miles de veces puede adquirir apariencia de sentencia, aunque todavía no haya sido demostrada.

Y es precisamente aquí donde encuentro una relación inquietante con nuestra realidad colombiana.

Durante los últimos días hemos conocido gravísimas denuncias relacionadas con presuntas irregularidades en la contratación estatal durante el gobierno del expresidente Gustavo Petro. Entre ellas aparecen los señalamientos sobre contratos que supuestamente habrían sido utilizados para obtener favores sexuales, así como las declaraciones de antiguos funcionarios del Departamento Administrativo de la Presidencia.

Las denuncias adquirieron una nueva dimensión con el testimonio público de Deicy Jiménez y las actuaciones de la Fiscalía y la Procuraduría, encaminadas a establecer qué ocurrió realmente.

Es fundamental dejar algo absolutamente claro: una denuncia no constituye una condena, una investigación no demuestra culpabilidad y toda persona tiene derecho a defenderse y a que se respete su presunción de inocencia.

El expresidente Petro ha rechazado categóricamente las acusaciones sobre el supuesto intercambio de contratos por relaciones sexuales y ha planteado que existe una operación política destinada a desacreditarlo.

Naturalmente, esas explicaciones también merecen ser escuchadas y contrastadas con las pruebas.

Pero es aquí donde surge la pregunta que motiva esta reflexión: ¿qué sucede cuando, ante revelaciones de semejante gravedad, el debate público se concentra en repetir que todo responde a una persecución política, en lugar de examinar rigurosamente los hechos denunciados?

Y, por supuesto, debemos formular la pregunta inversa: ¿qué sucede cuando quienes denuncian repiten acusaciones todavía no demostradas hasta conseguir que una parte de la sociedad las considere definitivamente ciertas?

En ambos casos aparece el peligroso mecanismo de la ilusión de verdad.

La ciudadanía termina dividida entre quienes creen automáticamente cualquier acusación y quienes rechazan automáticamente cualquier revelación. Los hechos concretos desaparecen detrás de las lealtades políticas y las emociones.

Por eso considero especialmente importante que estas investigaciones avancen con toda la independencia, transparencia y contundencia que exige su gravedad. No necesitamos campañas destinadas a imponer anticipadamente culpabilidades ni estrategias de comunicación que pretendan sustituir las respuestas documentadas por descalificaciones reiteradas.

Necesitamos pruebas, explicaciones verificables, instituciones independientes y conclusiones sustentadas.

Me preocupa profundamente que estemos llegando a una etapa en la cual la verdad ya no dependa de aquello que efectivamente ocurrió, sino de quién dispone de mayor capacidad para repetir su versión de los acontecimientos.

Porque cuando una sociedad pierde la capacidad de distinguir entre hechos y narrativas, entre pruebas y propaganda, entre información y manipulación, comienza a deteriorarse uno de los fundamentos esenciales de cualquier democracia.

La ilusión de verdad no distingue ideologías. Puede ser utilizada por gobiernos y oposiciones, por dirigentes de izquierda o de derecha, por empresas, organizaciones y ciudadanos. Incluso puede operar sin que exista una intención deliberada de engañar.

Su antídoto no consiste en creer sistemáticamente lo contrario de lo que escuchamos. Consiste en recuperar la sana costumbre de preguntar, verificar, contrastar y, especialmente, estar dispuestos a cambiar de opinión cuando las evidencias lo justifiquen.

Quizás uno de los mayores desafíos de nuestra época no sea conseguir acceso a más información. De esa ya tenemos demasiada.

El verdadero desafío será conservar la capacidad de reconocer la verdad en medio de tanto ruido.

Porque una mentira no se convierte en verdad por repetirse mil veces. Y una verdad tampoco deja de serlo porque mil veces intenten desmentirla.

Nota: Imagen de Moshe Harosh en Pixabay


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