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| Fuente: Pixabay |
Por: Armando Rodríguez Jaramillo
En los últimos días, después
de visitar los doce municipios de mi Quindío, reflexioné sobre este territorio,
su desarrollo, nivel de progreso y calidad de vida. Entonces pensé en lo que
somos después de sesenta años de habernos separado de Caldas, y entonces hice
un ejercicio contrafactual para imaginar cómo sería el Quindío si aún fuésemos una
provincia del sur del aquel departamento. Poco a poco llegaron a mi mente representaciones
de una región modesta, aislada entre montañas, de precario desarrollo y dependiente
de Manizales, tal como lo fue a mitad del siglo pasado cuando el centralismo
regional sembró en los quindianos el deseo autonómico.
Luego de esta visión,
regresé al presente para valorar lo mucho que mi patria chica ha evolucionado como
departamento en las últimas décadas, progreso que se nota en su infraestructura
de transporte, sistema de ciudades, actividades productivas, seguridad, cultura,
identidad, autonomía, red de universidades y conexión con el país y el mundo,
atributos que lo hacen un lugar atractivo para vivir, trabajar y visitar. Pero,
como hay que evitar caer en regionalismo excluyentes que impidan ver la
realidad, también pensé en las brechas que tenemos con regiones avanzadas y en los
problemas sociales, económicos y ambientales por superar, sin dejar de lado los
extravíos de la política local.
Esto me indujo a vislumbrar
lo que podríamos ser y qué deberíamos recomponer para lograrlo. De ahí que recapacité
en los errores cometidos considerándolos como un repositorio de experiencias y
aprendizajes que no debemos repetir. También cavilé sobre esa manía que tenemos
de esperar que las soluciones a los problemas provengan de afuera, ya sea del
gobierno nacional o copiando cosas que han dado resultado en otras regiones sin
siquiera adaptarlas a nuestras propias realidades, e incluso trayendo talento
humano porque muchas veces no creemos en el nuestro.
Fue así como terminé por
imaginar lo que deberíamos fortalecer o crear para convertirnos en una región
reconocida por sus ventajas competitivas. Me refiero a ventajas territoriales
que nos hagan diferentes a otras regiones en el escenario nacional y global. Pero esto significaría un salto cuántico, un
cambio de mentalidad estratégica, la adopción de un nuevo paradigma de
desarrollo, transformación que solo sería posible mediante un gran esfuerzo
colectivo sostenido en el tiempo.
En consecuencia, finalicé imaginando
cinco determinantes para el desarrollo y construcción de ventajas territoriales
diferenciales que relaciono a continuación:
1. 1- Educación
de vanguardia. Ofrecer
y garantizar una educación sobresaliente y de alta calidad desde la escuela y
el colegio hasta la universidad y la formación posgradual que beneficie a toda
la población sin distingos sociales. Una educación integral con múltiples
disciplinas del saber, que estimule el pensamiento crítico, las artes y la cultura.
El recurso más valioso con que cuenta un territorio y una sociedad son las
capacidades de su gente.
2. 2- Instituciones
fiables y transparentes.
Que sean modelo de integridad y honestidad con capacidad de responder efectivamente
a los problemas de la sociedad y que sean defensoras del interés general.
Instituciones que se nutran de una nueva forma de entender la política como ese
ejercicio ético que resignifique lo ciudadano, la civilidad y lo público,
instituciones que garanticen la participación y toma decisiones en beneficio colectivo.
3. 3- Cultura
en ciencia, tecnología e innovación.
Estamos en la era del conocimiento y la revolución tecnológica entre grandes
oportunidades e incertidumbres. Debemos decidir si seguimos concentrados en
atraer turistas, exportar materias primas y vivir de las remesas o avanzar
hacia actividades más elaboradas e intensivas en conocimiento. Es el momento de
decidir si nos aproximamos a las fronteras del saber y la tecnología o nos
quedamos en un pasado contemplativo. Es tiempo de proponer innovaciones territoriales
que brinde nuevos modelos de ocupación del territorio y desarrollo de ciudades.
4. 4- Pensamiento global y de largo plazo. Ninguna región se ha desarrollado para dentro. Dicho de otra forma, ningún país ha prosperado desconectado del mundo. Es por esto por lo que debemos mirar más allá de La Vieja, del río Barbas y del Alto de La Línea para ver lejos, amplia y globalmente con el fin de impulsar un pensamiento global: comercio internacional, atracción de inversión y talento humano de alta calidad, transferencias de conocimientos, intercambios con universidades, aprovechar la inmigración y la diáspora de quindianos, apropiar nuevas tecnologías, hacer procesos de benchmarking y multilingüismo.
Sin
embargo, esto no se logra con visiones de corto plazo y planes de desarrollo de
cuatro años. Debemos tener las capacidades y la osadía de fijar objetivos
departamentales estratégicos con alcance de mediano y largo plazo, que
permanezcan en el tiempo y comprometan a más de una generación como lo plantea
el proyecto Horizonte Quindío. Prospectiva 2050.
5. 5- Liderazgo inspiracional. La transformación de un territorio y una sociedad requieren de líderes que inspiren, motiven e impulsen a salir adelante, que piensen que el mañana debe ser mejor que el presente que tenemos. Son liderazgos transformacionales para prosperar y sembrar esperanza, para fomentar el pensamiento creativo e innovador y asumir perspectivas divergentes y de cambio. Se trata de comunicar visiones positivas que nos estimulen e motiven dejando atrás los temores y las dudas.
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/ X: @ArmandoQuindio /
Blog: www.quindiopolis.co

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