Mereció la pena vivir de aprendiz

 

Por: Armando Rodríguez Jaramillo

La navidad es la época más fascinante del año, mes de celebraciones y encuentros, de alegrías desbordantes donde todo es maravilloso y sorprendente. Es tiempo para expresar afecto y cariño ya sea con un abrazo o algún presente. Pero, ante todo, es temporada de reuniones familiares, de reencuentros, de congregarnos en torno al pesebre o árbol de navidad, de recitar novenas y cantar villancicos, de dar aguinaldos, de reunirnos el 24 de diciembre para cenar y entregar regalos en familia, y de despedir el año con alborozo y nostalgia para recibir el que viene con optimismo y buenas intenciones.

Pero a la par de celebraciones y festejos, también es momento propicio para el recogimiento y la reflexión, para hacer el balance de lo transcurrido y mirar los propósitos venideros, para valorar el sendero caminado en medio de gratos momentos y bienaventuranzas, de incertidumbres y adversidades, pues siempre será reconfortante levantar la mirada hacia el horizonte y dar gracias por lo que somos.

De ahí que hace poco, mientras degustaba una copa de vino y escuchaba música a través de YouTube Music, cavilé sobre las inesperadas y sorpresivas situaciones que llegaron a mi vida durante el año. Y mientras divagaba en pretérito, las canciones iban pasando guidas por algoritmos incontrolables. De pronto se oyó a Alberto Cortez (1940 – 2019), cantautor y poeta argentino recitando Qué suerte he tenido de nacer, cuya voz profunda y robusta me indujo a balbucear algunas de sus estrofas para no perder el hilo, momento del que recuerdo algunas coplas que me conmueven: 

Sí, qué suerte he tenido de nacer / Para estrechar la mano de un amigo / Y poder asistir como testigo / Al milagro de cada amanecer.

Qué suerte he tenido de nacer / Para callar cuando habla el que más sabe / Aprender a escuchar, ésa es la clave / Si se tiene intenciones de saber.

Qué suerte he tenido de nacer / Para tener acceso a la fortuna / De ser río en lugar de ser laguna / De ser lluvia en lugar de ver llover.

Transcurridos unos minutos, y aún con el eco de Cortez en el ambiente, irrumpe la singular Mercedes Sosa (1935 – 2009) con Gracias a la vida, canción de la compositora y cantante chilena Violeta Parra (1917 – 1967) considerada por muchos como un verdadero himno para la humanidad en América Latina. De inmediato aquella composición capturó mi atención y me trasladó a la lejana adolescencia cuando la cantábamos entre amigos, pues la voz de Mercedes fue como un pegamento de sentimientos de vida. Al oírla no puede resistir el tararear algunas de sus estrofas que me llegan al alma:

Gracias a la vida, que me ha dado tanto / Me dio dos luceros, que cuando los abro / Perfecto distingo lo negro del blanco / Y en el alto cielo, su fondo estrellado / Y en las multitudes, el hombre (la mujer) que yo amo.

Gracias a la vida, que me ha dado tanto / Me ha dado el sonido y el abecedario / Con él, las palabras que pienso y declaro / Madre, amigo, hermano, y luz alumbrando / La ruta del alma del que estoy amando.

De pronto me sorprendió la cautivadora y diáfana voz de la cantautora valluna María Isabel Saavedra entonando Pero viví, canción de versos bien logrados que describen realidades de la vida para resaltar que quizá lo importante de la existencia viene al final, cuando hagamos el balance de nuestro paso por el mundo y nos demos cuenta si valió la pena vivir, idea expresada en un par de párrafos que no puedo dejar de compartir:

He perdido antes de cada batalla / Debo confesar que todo lo he vivido / Como un huracán rompiendo las amarras / De esta nave loca que no busca puerto.

He perdido tiempos irrecuperables / Y oportunidades para amar de Nuevo / Ya mi corazón lo recogí en pedazos / Mereció la pena vivir de aprendiz.

Al finalizar la canción de Saavedra, dirigí la mirada hacia la luna llena que había aquella noche, y me dije: qué suerte he tenido de nacer, razón más que suficiente para darle gracias a la vida que me ha dado tanto, pues a pesar de las incertidumbres y dificultades, siempre he tenido motivos para levantarme y emprender nuevos senderos de la mano de los que amo, vivencias que espero me permitan afirmar al final del camino: pero viví. Hoy, sin temor a equívoco, creo que mereció la pena vivir de aprendiz, porque esto es en esencia la vida, un aprendizaje continuo que solo se detiene el día que partimos a cumplir nuestra cita con la eternidad. 

Correo: arjquindio@gmail.com  /  X: @ArmandoQuindio  /  Blog: www.quindiopolis.co






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